Enrique Vila-Matas, el impostor
Urria 28, 2007 | Egilea: kevinherediaBerrian ateratako elkarrizketaren jatorrizko bertsioa.
Con el Doctor Pasavento cerró una etapa. ¿Cómo la definiría?
Cuando uno termina una novela, la termina, y pasa a otra cosa, otra novela, o lo que sea. Yo terminé la trilogía de La Catedral Metaliteraria (Bartleby y compañía, El mal de Montano, Doctor Pasavento) y decidí que pasaba a otra cosa. Esa trilogía no fue más que la prolongación de una investigación exhaustiva probablemente iniciada desde La asesina ilustrada o desde Suicidios ejemplares, es decir, desde el comienzo de mi obra: una investigación en torno a lo que podríamos llamar la negatividad, la busca del otro lado de la realidad, de la verdad, de lo que entendemos por positivo. Hay una frase de Kafka, que me parece idónea para resumir mi trabajo de tantos años: “Hacer lo negativo es una tarea que tenemos impuesta, lo positivo nos está dado”.
¿Qué hay en la nueva etapa? En “Exploradores del abismo” habla de “menor presencia de la intensidad metaliteraria”
Los cambios que hay son relativos, aunque quizá haya una menor presencia de la intensidad metaliteraria. Antes hablaba de temas literarios, de autores, libros, de mis lecturas, pero en el fondo era una forma particular de no hablar de mí. Es evidente que no hay lectura totalmente aislada ni personal, toda lectura se inscribe en una tradición en la que yo no era más que un pequeño eslabón. En el fondo, no hablaba tanto de mí como muchos decían. Ahora, en cambio, hablo de otros, gentes de todo tipo, pero que me hacen sentir muy cercano a ellos; buscan el abismo, tal y como lo hice yo largo tiempo.
¿Por qué se produce ese corte? En su obra se confunde vida y literatura: ¿hasta qué punto tuvo que ver el colapso físico del que habla en el libro con ese cambio?
Es curioso, pocos sucesos de mi vida personal han influido tanto literariamente como aquel colapso. Conocí demasiado de cerca el abismo como para seguir jugando con él en vida, ahora sólo me interesa literariamente. Por eso, “Porque ella no lo pidió” es el cuento que cierra mi etapa anterior, produce el corte y abre esta nueva.
¿Qué es el abismo?
Una antesala, por ejemplo. Muchos otros lo llamaron de forma distinta; Cavafis lo llamó Ítaca; Beckett, en cambio, Godot. Lo cierto es que el abismo puede interpretarse como metáfora de muchas cosas, de la muerte incluso, pero prefiero decir aquello que apuntaba Juan Carlos Onetti: “se puede estar al borde del abismo incluso en una cama”. El abismo, en una primera lectura, suena como si fuera el final del camino. Pero cada vez estoy más convencido de que el abismo es el propio camino. Es decir, que no hay camino sin abismo.
En los cuentos, la enfermedad aparece como oportunidad, punto de inflexión… Personalmente, ¿le ha ayudado a ver el abismo de otra forma?
Sí. Ahora no puedo disimular como antes, me enfrento a él cara a cara. Y es por eso que me encuentro más sereno a nivel personal y más cordial en mi relación con los demás. De todas formas, hay quien piensa que la muerte es agradable, ya que nos libra del pensamiento de la muerte.
¿Llegó a agobiarle el éxito de los últimos años? ¿Cree que, con una carrera tan consolidada, es posible escapar de su propio personaje, convertirse en “disidente” de sí mismo, como dice en el prólogo?
En realidad, no me agobió en exceso, fue mucho más agobiante su falta. El éxito me llegó justo cuando empecé a desecharlo, y ahora es cuando más alejado estoy; no por él, como ocurría en mis comienzos, sino por mí. Ahora practico la modestia. Siempre dudé de que eso de ser disidente de sí mismo fuera posible, de hecho, lo intenté literariamente en repetidas ocasiones sin llegar, creo, a un resultado plenamente satisfactorio. Sin embargo, el colapso físico que padecí me convenció de que sí es posible, pero que el camino del “yo” al “otro” es como el camino que debe transcurrir el equilibrista de un extremo de la cuerda al otro. El camino es el borde del abismo. Me parece, por cierto, que mi amigo Bernardo Atxaga también está tratando de desembarazarse de su propio personaje. Le deseo lo mejor.
Vuelve a los cuentos, pero con el misterioso hilo conductor de, precisamente, un equilibrista.
El hilo siempre está ahí. Me gustaría que el lector relacionara unos cuentos con otros a través de pistas que ha dejado en los diferentes textos. En Exploradores del abismo debe seguir la pista de un equilibrista, de nombre Maurice Forest-Meyer, que se parece mucho al funámbulo Philippe Petit, que cruzó las Torres Gemelas de Nueva York cuando se estaban construyendo, y que atraviesa el libro como una sombra que actúa de hilo fantasmal.
En cualquier caso, sigue siendo un “impostor”. ¿Es usted victima de su propio papel?
Siempre admiré a aquellos que consiguieron deshacerse de él, aunque el precio que pagaron fuera demasiado elevado. Pienso, evidentemente, en Rimbaud, en Walser, en Pessoa, por supuesto, incluso en Kafka, pero también en otros muchos que, desgraciadamente, no tengo el placer de conocer. Como dice un personaje del libro: “Siempre he pensado que hay muchas formas de llegar y que la mejor es no partir”. En cualquier caso, si sigo siendo un impostor, nada tiene que ver con la impostura anterior, ahora lo soy tanto como cualquier otro escritor discreto y elegante.
¿Por qué se presenta con un libro de cuentos?
Exploradores del abismo es un libro de cuentos. En principio es eso, pero las formas literarias en mi literatura son ambiguas, confusas y equívocas. Supongo que esto es normal cuando uno lidia con el vacío. O con el abismo. La ortodoxia crítica (suponiendo que esto exista), está obligada a comentarlo como un libro formado por relatos distintos. Desde el punto de vista de la búsqueda de sentido que siempre lleva impregnada la literatura, estoy obligado a hablar de discurso. Entonces tenemos que hablar de libro a secas. O de literatura, si usted lo prefiere. Los relatos ‘Niño’ y ‘Porque ella no lo pidió’, por ejemplo, podrían publicarse separadas de este contexto.
- Otra “mentira”: le hemos leído que el prólogo no es tan autobiográfico como parece y “Porque ella no lo pidió” no es ficción, sino completamente real. ¿No puede (o no quiere) desembarazarse de esa ambigüedad entre ficción y realidad que domina su obra?
Efectivamente, hay quien me ha reprochado que siga aún con dejes de mi anterior etapa, en particular, que persisto en difuminar los límites entre realidad y ficción. Lo cierto es que ello sucede en este libro en contadas ocasiones (y a menudo de forma engañosa) precisamente para recordar a todos ellos que he cambiado. A fin de cuentas, un relato autobiográfico es una ficción entre muchas posibles. En mi opinión hay que ir hacia una literatura acorde con el espíritu del tiempo, una literatura mixta, mestiza, donde los límites se confundan y la realidad pueda bailar en la frontera con lo ficticio y el ritmo borre esa frontera. Combato la realidad con la ficción. En definitiva, no hay narración sin vida, pero tampoco hay vida sin narración.
Por cierto, Sophie Calle parece el personaje más literario posible. ¿Es verdad que la historia con ella es real?
Una pregunta en que aparecen juntas las palabras “verdad”, “historia” y “real” se convierte automáticamente en absurda.
Pero se lo he leído a usted…
Aconsejo a los lectores que desconfíen siempre de lo que escriba o diga sobre mi obra, porque incluso el prólogo que, como has comentado en la pregunta anterior, parece autobiográfico, está hecho por un fingidor. De todas maneras, el relato más largo del libro, ‘Porque ella no lo pidió’, protagonizado por la artista francesa y amiga Sophie Calle, lo presento como una ficción, pero es todo absolutamente real.
Otra “falsedad”: Niño es un falso explorador del abismo. ¿Hay mucho cuentista a cuenta del abismo? ¿Se puede mentir al (o con el) borde del precipicio?
Los cuentistas son los seres más felices del mundo, y pese a todo, en el fondo son encantadores. En cuanto a mentir al borde del precipicio, o con el borde del precipicio, diría que si existiera alguna verdad, sólo podríamos contemplarla a través de la mentira. Al fin y al cabo, escribir es hacerse pasar por otros. ¿Qué es lo que estamos haciendo ahora, sino mentir? Es más, se me ocurre que las preguntas las podría perfectamente haber formulado yo, y ser usted quien se hubiera molestado en contestar por mí. ¿No habría sido divertido? Creo que lo más divertido de todo habría sido comprobar después que nadie se daba cuenta del gran cambiazo.



